Cuando en 1990 Depeche Mode consolidó su música de masas
gracias a Violator, lo hizo, entre otros factores, por la canción ‘Enjoy de Silence’, un alegato cantado a favor de las bondades del silencio, ese bien
preciado que en los tiempos que corren hemos dejado de valorar.
Estamos acostumbrados a convivir con el ruido que, por capas
superpuestas, penetra en nuestra cotidianidad como aguja hipodérmica, sin
enterarnos, así de sencillo. Un avión pasa sobre nuestras cabezas mientras un
taladro hace de las suyas contra la acera adoquinada de la calle; una florista
grita las bondades de sus claveles a la vez que un vecino altera el paseo de un
interlocutor apostado veinte metros más allá, en la otra acera, a siete coches
de distancia, unos cuantos “¡permiso!” y algún que otro claxon tímido que pide
paso entre la jungla de asfalto; suena el teléfono porque alguien ha dejado un
tweet en menciones y el butanero golpea las bombonas para alertar de que ya
está en el barrio…
Entre estas estrecheces auditivas, por lo estruendosas e
indefinidas que permanecen en la inconsciencia desde la que las percibimos,
avanzamos día a día, acomodados en el ritmo de timbales urbanos hasta que, por
destino del azar, llegamos a un lugar aparcado en la prehistoria del siglo XX,
el de las tradiciones ancestrales, el del ruido a precio de susurro, el de
pueblo con olor a caca de vaca y a leche de oveja cuajada, el de aperos de
labranza aparcados porque nadie sabe utilizarlos hoy, el de qué dirán mientras
transitas por calles nocturnas vacías por fuera, cotillas por dentro.
Tengo que parar de escribir este post porque lo hago desde
uno de esos destinos privilegiados y las teclas están molestando al gato que
dormita sobre mis pies. Silencio.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada