martes, 25 de octubre de 2011

Maldito silencio


Cuando en 1990 Depeche Mode consolidó su música de masas gracias a Violator, lo hizo, entre otros factores, por la canción ‘Enjoy de Silence’, un alegato cantado a favor de las bondades del silencio, ese bien preciado que en los tiempos que corren hemos dejado de valorar.

Estamos acostumbrados a convivir con el ruido que, por capas superpuestas, penetra en nuestra cotidianidad como aguja hipodérmica, sin enterarnos, así de sencillo. Un avión pasa sobre nuestras cabezas mientras un taladro hace de las suyas contra la acera adoquinada de la calle; una florista grita las bondades de sus claveles a la vez que un vecino altera el paseo de un interlocutor apostado veinte metros más allá, en la otra acera, a siete coches de distancia, unos cuantos “¡permiso!” y algún que otro claxon tímido que pide paso entre la jungla de asfalto; suena el teléfono porque alguien ha dejado un tweet en menciones y el butanero golpea las bombonas para alertar de que ya está en el barrio…

Entre estas estrecheces auditivas, por lo estruendosas e indefinidas que permanecen en la inconsciencia desde la que las percibimos, avanzamos día a día, acomodados en el ritmo de timbales urbanos hasta que, por destino del azar, llegamos a un lugar aparcado en la prehistoria del siglo XX, el de las tradiciones ancestrales, el del ruido a precio de susurro, el de pueblo con olor a caca de vaca y a leche de oveja cuajada, el de aperos de labranza aparcados porque nadie sabe utilizarlos hoy, el de qué dirán mientras transitas por calles nocturnas vacías por fuera, cotillas por dentro.

Tengo que parar de escribir este post porque lo hago desde uno de esos destinos privilegiados y las teclas están molestando al gato que dormita sobre mis pies. Silencio.

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