Suena el sorteo de la lotería. Debe de ser el único
conductor de autobús que sintoniza todos los sábados Radio Nacional para vivir
el azar de sus décimos en directo. Esperemos que no suelte las manos del
volante para apuntar las terminaciones del consuelo. Porque el primer premio
parece que esta semana tampoco le ha tocado y menos mal –pienso mientras una
gota de sudor se entremezcla a una velocidad respetable entre la nuca y el
jersey de lana virgen con el que sudo en invierno-.
A mi lado acaba de sentarse un señor que anula con sus
alaridos el hilo radiofónico del azar. Habla por teléfono para que todos sepamos
que lo hace. Grita órdenes, ¿habrá alguien al otro lado? –me pregunto-. Quizá
no se haya dado cuenta de que molesta o más bien un raro afán de protagonismo
le ha empujado a dar la nota por encima de los dimes y diretes que arrastran hashtags hablados de crisis y más
crisis. Termina la conversación. Ha pulsado el botón rojo de colgar
cerciorándose antes, con un golpe de mirada a izquierda y a derecha, que más de
tres personas asisten a su representación imaginaria de la indignación.
“La vida se está poniendo muy mal, a ver qué hacemos estas
navidades”. Frenazo brusco. La terminación de la lotería puede haber coincidido
con las dos o tres últimas cifras de alguno de los veinte décimos del
conductor. No, el semáforo se ha puesto en rojo y un peatón le recrimina por no
estar atento a las señales de tráfico. “La lotería es la lotería” –habrá
pensado resignadamente-. Quedan apenas unos metros para la última parada. Pero
los recorremos a ritmo de autobús de miniatura en la gran ciudad, de cochecito de
niño en el pasillo de casa, de click amenazado por las patas de un animal
doméstico.
“Bajen señores, que no tengo todo el día”. O sí, me digo mientras
recibo dos empujones y me clavan un codo en la columna vertebral para salir al
espacio contaminado del centro de la urbe. A comprar. Me da un décimo para
Navidad. La terminación… me da igual.

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